MALDITO MIEDO

Maria Elena tenía miedo, vivía muerta de miedo. Miedo a sufrir, miedo al dolor, miedo al vacío existencial, miedo al desamor, miedo al abandono, miedo a la carencia, miedo a no saber vivir, miedo al miedo.

Maria Elena había vivido siempre con miedo, no conocía otra manera de vivir.

De chiquita le habían inoculado miedo a todo. Miedo físico y emocional; parecia que María Elena había venido con miedo desde el más allá.

Vivir se convertía para ella en una misión terrorífica, en una suerte de casa del terror. En un horror infinito del cual no podía escapar.

El miedo la acompañaba a todas partes. La paralizaba y le impedía ser libre.

El miedo era su verdugo y su juez. Su pepito grillo y su falsa voz interior, ésa que te invade y te hace creer que eres tú.

Maria Elena tenía que deshacerse del miedo si quería avanzar.

Necesitaba ser libre de sus propios pensamientos, de su ansiedad, de su incapacidad de ser feliz, ocupada siempre en el sufrimiento inútil ante lo desconocido.

No tenía opción. Era ella o el miedo. Tenía que plantarle cara. Desarmarlo. Aniquilarlo.

Y tenía que hacerlo pronto si no quería llevárselo al otro mundo enganchado como una garrapata.

El miedo le había perdido el respeto. La conocía bien y conocía perfectamente sus puntos flacos. Sus momentos de debilidad. Sus bajadas de frecuencia, como se dice ahora.

El miedo era traidor y malintencionado. Era inoportuno y clandestino. Era astuto y despiadado. El miedo era un cabrón de marca mayor.

«¡Maldito miedo!» – le gritó, María Elena «¡Olvídate de mi, de una vez! ¡Déjame vivir en paz!»

Pero el miedo no le tenía miedo y se reía de ella en su cara. María Elena tenía que recuperar su poder y acabar con él para siempre.

Y un día decidió hacerlo y sin más miramientos lo echó de su vida para siempre.

Fue tan fácil como decidirlo. Fue tan sencillo como tener la intención de hacerlo.

Porque el miedo en realidad no existía más que en su mente y cuando dejó de hacerle caso, desapareció.

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