(Kahlil Gibran y Azucena Díaz)
Tus hijos no son tus hijos son hijos e hijas de la vida deseosa de si misma. Y tú los has parido, dado de comer, bañado. Les has contado cuentos, reñido, abrazado.
No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen. Y crecen y crecen y siguen creciendo y un día resulta que eres tú el pequeño.
Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues, ellos tienen sus propios pensamientos. Os une un amor antiguo, ancestral, pero vuestras vidas ya no son igual.
Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas, viven en la casa del mañana, que no puedes visitar ni siquiera en sueños. Un mañana distinto de tu ahora, donde solo el respeto y el cariño os permiten convivir juntos.
Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti porque la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer. Y verás que su vida y la tuya se separan y que tus costumbres se diluyen en el océano de su ahora.
Tú eres el arco del cual, tus hijos como flechas vivas son lanzados. Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea para la felicidad. Y sin hacer mucho ruido, ve alejándote, porque tú recuerdo será tu mejor virtud.
Tú eres el arco del cual, tus hijos como flechas vivas son lanzados. Deja que la inclinación en tu mano de arquero sea para la felicidad. La felicidad que seguro encontrarán cuando miren de reojo desde su madurez y se reconcilien contigo.