Despacito y bien derecha, no te quieres agachar. La cabecita bien alta, no te vayas a encorvar. Siempre fuiste muy discreta, la vida te quiso dar cosas que tú no querías o no supiste apreciar. Secretaria empedernida, casada con tu trabajo, de mañana, mediodía tarde o noche y a destajo. De tu casa a la oficina, los domingos por la tarde te permitías el lujo de bailar en algún baile. Y te ibas de excursión y a veces de vacaciones y así has pasado la vida, sin muchas más emociones. Tu mamá no te cuidó cuando a ti más te hacía falta, pero vivió muchos años contigo y las telarañas. Vidas largas, juergas pocas. Sin excesos, ni excepciones. Todo es como es debido, ya no me hago ilusiones. Has llegado a los noventa, con la cabeza bien clara, la cadera soñolienta, las piernecitas cansadas… Pero aún te queda fuelle y si quieres un consejo, baila, canta, sueña, ríe….todavía estás a tiempo. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Hoy es siempre todavía, pero recuerda, querida tía, que hoy la vida aún te permite salir a tomar el sol. Agradece y mira al cielo, disfruta de tus noventa, tu vida no ha sido fácil, tu muerte será una siesta. Sin hacer mucho ruido, sin dolor, sin estruendo. Te irás despacio algún día al país donde los sueños que no tuviste de niña te regalan su misterio. Hecho está, yo lo decreto. Y así será mi tieta, fuiste buena, fuiste bella, fuiste una niña pequeña.
Un hombre estaba muy interesado en conocerse a sí mismo, en iluminarse. Toda su vida había buscado un maestro que le enseñara la meditación. Había ido de maestro en maestro, pero no sucedía nada.
Pasaron los años, y estaba ya cansado, exhausto. Entonces alguien le dijo:
—Si de verdad quieres encontrar a un maestro, tendrás que ir al Himalaya. Allí vive uno, en una parte incógnita; tendrás que buscarle. Una cosa es cierta, el maestro se encuentra allí. Nadie sabe exactamente dónde, porque cuando alguien llega a dar con su paradero, él se adentra todavía más en las cordilleras del Himalaya.
El hombre se estaba haciendo viejo, pero hizo acopio de valor. Durante dos años trabajó para ganar el dinero del viaje y se puso en camino. Así que tuvo que viajar en camellos, en caballos y después seguir a pie hasta alcanzar el Himalaya. La gente le decía:
—Sí, conocemos al anciano, es muy viejo; uno no puede saber qué edad tiene, quizá trescientos años, o incluso quinientos años, nadie lo sabe. Vive por aquí, pero el sitio exacto no lo sabemos. Nadie sabe exactamente por dónde para, pero anda por aquí. Si buscas con empeño le encontrarás.
El hombre buscó y buscó y buscó. Durante dos años estuvo vagando por el Himalaya. Estaba cansado, exhausto, absolutamente exhausto; viviendo sólo de frutos salvajes, hojas y hierbas. Había perdido mucho peso. Pero estaba determinado a encontrar a ese hombre. Merecía la pena, aunque le costara la vida.
Un día vio una pequeña cabaña, una cabaña de paja. No tenía puerta. Miró dentro, pero allí no había nadie. Y no sólo no había nadie, sino que todo indicaba que durante años no había habido nadie. Puedes hacerte una idea de lo que le pasó a aquel hombre; cayó al suelo. De puro cansancio dijo:
—¡Me rindo!
Se encontraba allí, tumbado bajo el sol, con la fresca brisa del Himalaya. Y por primera vez, empezó a sentirse tan feliz. Nunca había sentido tal dicha. De repente se sintió lleno de luz. De repente todos los pensamientos desaparecieron, de repente se transportó; y sin razón alguna, porque no había hecho nada. Y entonces se dio cuenta de que alguien se inclinaba hacia él.
Abrió los ojos. Allí estaba; un hombre muy anciano. Éste, sonriendo, dijo:
—Así que has venido. ¿Tienes algo que preguntarme?
Y el hombre contestó:
—No.
Y el anciano se rió, dio grandes carcajadas que resonaron en el eco de los valles.
—¿Sabes ahora qué es la meditación?
Y el hombre dijo:
—Sí.
¿Qué había sucedido?
Aquella exclamación que salió del núcleo más interno de su ser: «¡Me rindo!» En ese rendirse, todos los esfuerzos mentales orientados a una meta desaparecieron, todas las tentativas desaparecieron. Y la dicha se vertió sobre él. Se quedó en silencio, ya no era nadie, y tocó el último estrato del no-ser. Entonces supo lo que era la meditación.
La meditación es un estado mental sin metas.
El ego está orientado hacia los resultados, la mente siempre ansia resultados. La mente nunca está interesada en el acto en sí mismo, su interés es en el resultado. «¿Qué es lo que voy a ganar con ello?»
El ser no está orientado hacia los resultados.
La meditación les sucede sólo a aquellos que no están orientados hacia los resultados.
Cuando te rindes a tu ser, entonces no hay necesidad de ir a ninguna parte, Dios vendrá a ti.
Exclama desde muy dentro: «Me rindo.» Y el silencio descenderá, la bendición te rociará.
Dicen que la patria es la infancia y tú naciste apátrida. Te caíste de una estrella sin llegar a darte cuenta
Un bebito sin su cuna, un chico sin armadura. Desprovisto de cariño, el alimento que más necesita un niño.
Y empezaste a lidiar con este mundo dual, sin entender el motivo de estar en medio del lío.
Tú no querías problemas, no necesitas anatemas, sólo un poco de atención, amor, paz y comprensión.
Y tuviste pocas dosis, pero eres resiliente.
Ganas en todos los frentes, eres sabio, niño grande.
Y hoy que ya eres todo un hombre según dicen los expertos, yo te siento aún como el niño que se miraba al espejo: ‘yo no necesito nada’ , me dijiste una mañana.
No querías más juguetes, tal vez preferías algún cachete.
Sentir que estabas ahí y que eras importante. Jugar a ser un gigante, que te amaran a morir.
Yo te amo, niño grande, serio, bello, transparente, sensible y algo inconsciente. Amigo de sus amantes.
Yo te amo y te deseo que encuentres ese tesoro que no se halla de otro modo que mirándose de frente.
Eres bello e inocente, eres un ser admirable. Listo, bueno, inteligente, guapo, tierno, inmejorable.
Caíste de aquella estrella 🌟 y nos llenaste de Luz♥
Desde hace tres años que estoy exenta. Exenta de obligaciones impuestas. Exenta de prohibiciones absurdas. Exenta de obedecer consignas perversas.
Desde hace tres años que estoy exenta de comulgar con hostias que otros inventan. De pinchazos envenenados y mascarillas que ahogan tus pulmones. De pasar por el aro de la inconsciencia.
Desde hace ya tres años, yo estoy exenta y lo seguiré estando hasta que muera. Exenta de las deudas que otros inventan, exenta de pagar por vivir en esta santa tierra.
Desde entonces y para siempre yo estaré exenta y si quieres seguirme, abre la puerta. El camino es sencillo, tienes herramientas. Deshazte ya del miedo, estás absuelta de tantas prohibiciones, de leyes perversas que no creen en la vida, que te dan por muerta.
Yo Soy una Mujer Viva y estoy exenta, la ley positiva no me representa. Me rijo por la Ley Natural, la Ley Primera. Soy Autodeterminada, Soberana, Libre y exenta de tanta tontería.
Somos energía, la muerte no existe, se transforma el cuerpo, el alma cambia de lugar, la emoción desaparece, la vida cambia de envase y volamos hasta ese lugar que no recordamos.
No existe la muerte, pero no lo sabemos. Nos aferramos al cuerpo, a la casa, al marido. Nos aferramos a los hijos, al trabajo, al sufrimiento.
Pero la muerte no existe y en ese eterno continuo que es la vida, aprender a fluir con ese flujo, a disfrutar con el disfrute, a gozar con el gozo, a agradecer por tantas bendiciones. Por la oportunidad de experimentar la materia: la comida, las caricias, el viento, el mar, los paisajes, los gatos y la poesía….
Porque la muerte no existe y siempre es hoy todavía.