Acariciar a tu gato o comerte una ensalada. Regar un poco el jardín, respirar, no decir nada.
Prepararte el desayuno y limpiar el gallinero. Saludar al padre sol dándole gracias al cielo.
Y disfrutar otro día, en paz, amor y sosiego. Sin escuchar a la mente, con el corazón abierto.
Somos más libres ahora, sabemos que no estamos muertos. Regresamos de las aguas, soberanos y despiertos.
Vivimos en consonancia, en honor, sin aspavientos. Conocemos el valor de Ser, sin más miramientos.
Creemos en nuestra vida, homos vivos, seres buenos. Perdonamos nuestras culpas y nos sanamos los cuerpos.
Somos hijos de la Fuente y creadores de universos. No le tenemos a nada, trabajamos para eso.
En libertad y armonía, paz y amor. Todo es perfecto.
Que perfecto es, sentir vida cuando se está viviendo y que sencillo es, respirar sin hablar cuando se está en comunión con el planeta en libertad. Pero, que ocurre cuando no puedes salir de tu jaula de hormigón armado, o cuando la única vista que se tiene es asfalto candente?
No, no es vida, ni sensación que se le parezca. Es algo parecido a la tristeza, a sentir que se escapa el tiempo por tu puerta, que eres un simple observador de la vida de otros, porque a otros si que le da sabor la vida, y quieren repetir de eso tan delicioso.
Qué triste es cuando no tienes la oportunidad de elegir. Qué injusto es éste mundo. Y cuanto ciego hay en él.
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