Un día perdí la memoria y no era vieja, era una niña. Me olvidé de lo malo y desde entonces no recuerdo nada que pueda hacerme daño.
Me acomodo en lo bueno, en lo agradable y bello. Me niego a recordar lo que me hace daño.
Porque todo es más fácil cuando ya no recuerdas esas palabras necias, esos desplantes sucios. El sutil ninguneo, el desprecio constante, la aparente normalidad cargada de resentimiento.
Un día olvidé lo malo y puedo respirar con el viento y me río con los pájaros y lloro sin que tú me veas…pero luego no me acuerdo.
No me acuerdo de mis lágrimas ni de los malos momentos. Prefiero jugar a cartas o hablar con todos mis muertos.
Dicen los místicos, los sabios, los santos (que no están en las iglesias) que se puede y se debe abrazar el dolor. Amar el dolor.
Resulta demasiado revolucionario para mí mente cartesiana, acostumbrada a clasificarlo todo, separando en bueno y malo, oscuro o luminoso. ¡Somos tan absolutamente duales!
Es fácil amar la Luz, querer a los amigos, entender a los benefactores, abrazar a los que son amorosos y compasivos. Pero abrazar el dolor es demasiado doloroso para nuestra mente dual. No se entiende el dolor, cualquier dolor, todo el dolor, especialmente el dolor que puede sufrir un niño o un anciano (ambos están en una tesitura similar)
En el principio y el final de la vida somos ¡tan vulnerables!
¡Tan dependientes! ¡Tan frágiles!
Acoger, abrazar, aceptar que no justificar, el dolor, es una tarea de seres evolucionados, es un trabajo de hombres conscientes y conocedores de la unicidad del Ser.
Somos Uno, Uno en la Vida, Uno en la Paz, uno en la Luz, como tan amorosamente nos explica Daniel Lumera, Ser Uno te obliga a abrazarlo todo. Ya que no hay separación. Y porque al final y desde el principio SOMOS única y exclusivamente AMOR.
Amor disfrazado de apego, amor escondido en el odio, amor oculto en el dolor, amor que te reconcilia con la vida y con la muerte.
Animales de costumbres nos vamos acostumbrando a comer con la costumbre de lo que nos va gustando.
Sin reparar ni en el cómo, ni en el porqué, ni en el cuándo. Comemos las porquerías que nos vamos encontrando.
Sin reparar si nos gustan o sólo es esa costumbre que aprendimos desde niños cuando el vinagre era dulce.
Aprendimos a comer lo que comen los mayores, a beber cuando es domingo, al café con tropezones.
Imitamos a papá que come lo que le ponen y a la abuela que aprovecha hasta el último reproche para no dejar ni un hueso de aceituna por la noches.
Y comemos lo que comía mamá cuando nos decía que la leche era mas rica con arroz y mantequilla.
Comemos por empatía, porque somos los copiones que tragamos por los ojos lo que el estómago propone.
Y entonces llega un buen día en que te haces mayor y revisas de repente cada pequeñito error.
Y estás cargado de kilos, de grasa y colesterol. Y te duele hasta el ombligo y te aprieta el cinturón.
Y reduces esos dulces, esos quesos y esos panes. Y te vuelves exigente con los amigos cruasanes…
Y tomas menos arroz, menos sal, más ensaladas. Un poco de coliflor, sin aceite ni patatas.
Eres el rey de la fruta, te emborrachas de aguacate, y tomas los huevos fritos sin ese pan con tomate que te chiflaba hace un rato, en el bar y en el restaurante.
Porque cuando te das cuenta de tu estómago de oro, lo mimas y lo acaricias, es tu máximo tesoro para vivir muchos años, para estar sano y esbelto, para tener mucha fuerza, salud y el mejor aspecto.
Viviremos muchos años , somos los nuevos abuelos, longevos y preparados para jugar con nuestros nietos.