Es muy corta la vida cuando ya han pasado casi setenta años. Y lo han hecho deprisa, sin pararte a pensarlo.
A los veinte imaginas un futuro lejano, con la cara lavada y libros en las manos.
Y llegaron los treinta con pañales y llantos y los miedos aprietan, pero eres joven y estás sano.
Cuando cumples cuarenta te crees el más listo del barrio, y a los cincuenta las canas te enseñan el calendario.
¡Y es tan fácil la vida, cuando la ves de lejos! ¡Si pudieras vivirla sin tantos complejos!
Si aprendiéramos antes a valorarlo todo, a dar siempre las gracias, a respirar de otro modo…
A reír sin motivo, a mirar las estrellas, a no discutir tanto por tantas tonterías…
A dar muchos más besos, a no ser tan gruñón, a abrazar a los viejos, a escuchar tu corazón.
Cuando el cuerpo se encoge y la cara se arruga, cuando no eres tan ágil, pero sigues teniendo ganas de aventuras…
Entonces es la vida quien se muestra desnuda y entonces te das cuenta de que es una locura, pasársela sufriendo, maravillosa criatura que llegaste a este mundo sin ninguna armadura.
Así que no te olvides de saludar al gato, de abrazar algún árbol, de hacerte algún retrato.
No te olvides, amigo, de besar a tu madre, de reír con tu hermano, de abrazar a tu compañero de viaje.
De agradecerlo todo, tu casa, tu comida y el sol que, hasta que mueras, ilumina tu cara cada día.
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