EN PATERA POR EL GRAN CANAL

En una de la zarzuelas que escuchaban mis abuelos se decía ‘que las ciencias adelantan’ y han adelantado tanto que se han dado la vuelta como un calcetín.

La primera vez que llegué a la Serenísima tenía 20 años. Hace casi 50. Entré en un crucero magnífico por el Gran Canal entre una bruma renacentista, eran las 6 de la mañana.

Desde entonces, he vuelto a Venecia muchas veces. De hecho creo que nunca me fui del todo.

Venezia es una ciudad espléndida. Tiene un encanto antiguo, un sabor a cuento, un olor a mar, que no deja indiferente a nadie.

Venezia es historia, es arte, es amor, es poesía. Venezia es mi ciudad preferida.

Pero Venezia se ha convertido en un bazar chino, o hindú. En uns tienda de souvenirs caros. En un vertedero de ilusiones que viajan en patera por el Gran Canal.

El Vaporetto es el medio de transporte más utilizado para recorrer las ‘calles’ inundadas y ayer temí naufragar en uno de ellos, cuando se iba llenando en cada embarcadero como si de una patera se tratara.

Sentí vergüenza y pena por esta ciudad invadida de turistas que ha perdido todo su encanto, mientras las góndolas se entrecruzan y los vaporettos pitan para no chocar entre ellos.

Venezia, la cuna de la decadencia, ha logrado llegar a la cúspide de la distopía.

Qué triste y sola estás Venezia sin conciencia, necesitas un reset para limpiar tanta oscuridad y renacer como la ciudad preciosa que conocí. O tal vez, siempre fuiste como te veo hoy, y la que he cambiado soy yo.

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