VOLARE

Había un tiempo en que volar era toda una odisea. Los aeropuertos eran lugares caóticos, llenos de gente corriendo y maletas que parecían estar bailando todo el tiempo.

Debías llegar dos horas antes y realizar una serie de recorridos a modo de gimcana hasta llegar a sentarte en tu asiento del avión.

Resultaba algo excitante si no fuera porque era lo más estresante del mundo. Al menos, para mi.

Una vez en el avión, te sentabas en un pequeño espacio, rodeado de personas que, miraban el móvil. (Continuamente y en cualquier lugar, en esa época, estaba lleno de personas mirando el móvil).

Tenías que atarte un cinturón de atrezzo y escuchar una serie de indicaciones protocolarias para calmar la ansiedad que suponía que un aparato enorme y pesado pudiera volar. Nadie lo entendía, pero todos lo dábamos por supuesto.

Volar era algo mágico. En pocas horas llegabas a otro lugar montado en un pájaro de metal. Era una de las mejores formas de viajar, una de las más seguras. Y una de las más rápidas.

Hoy tengo que desplazarme para visitar a mi nieto que vive en Suecia y he cerrado los ojos, he pensado en él y ya estoy comiendo un rico salmón en su precioso jardín.

Ningún tiempo pasado fue mejor.

Éramos obedientes y vivíamos recibiendo órdenes todo el tiempo. Nos inoculaban el miedo hasta en la sopa y no levantábamos los ojos de las pantallas.

Ya vuelvo a estar en casa. Sólo he cerrado los ojos y lo he deseado.

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