TOCAR FONDO

No nacemos con la capacidad de nadar. Bueno tal vez si, porque los bebitos muy bebés nadan sin problema hasta debajo del agua. Pero pronto desaprenden esa práctica y tenemos que volver a aprender a nadar. Es una metáfora de lo que nos ocurre con todo lo demás. Venimos ‘desaprendidos’ y preparados para sufrir una domesticación progresiva y en la mayoría de los casos irreversible. Llena de títulos, másteres y trabajos que no nos satisfacen.

Pronto empieza el malestar, el preguntarte para qué estamos aquí y algunos hasta nos preguntamos el sentido profundo de nuestra vida.

El sentido de la vida es vivirla.

Ni escuelas, universidades, viajes, compañías, trabajos, familiares, podrán satisfacer tu íntimo deseo de ser feliz hasta que no tocas fondo, te hundes y, cual ave fénix, resurges de tus cenizas.

Nadie se libra de su noche oscura, pero algunos nos resistimos a dormir siempre en tinieblas.

Ser inconformista con el malestar es el primer paso para acabar con él.

Los buscadores nos equivocamos, rectificamos, nos apasionamos, nos desilusionamos…pero siempre acabamos aprendiendo de nuestra experiencia.

Arriamos velas cada día para volver a desplegarlas las veces que haga falta. Somos incansables. Tenemos fe. Y la fe, sobre todo la fe en uno mismo, mueve montañas.

Benditos los seres que tocan fondo porque verán los peces más bonitos y tendrán más capacidad pulmonar a la salida.

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