EL TIEMPO DE LAS ABUELAS

Por las tardes, antes del anochecer, en ese rato inconcreto donde no hay nada que hacer, más que pasar bien el tiempo, yo me acuerdo de mi abuela, la que cosía y cantaba y sus penas aliviaba.

El tiempo de las abuelas que vestiditas de negro, enjutas y encorsetadas, preparaban la merienda cuando volvías de la escuela.

Escuchábamos la radio junto a ellas y, sin entender casi nada, nos tragábamos historias de mujeres maltratadas.

Y las abuelas cosían, algunas mientras lloraban, porque se quedaron viudas por las guerras amañadas. O porque sus maridos, a fuerza de trabajar, se habían muerto de frío, de asco o de enfermedad.

Las abuelas de mi infancia eran abuelas muy sabias, tenían muchos redaños y muy pocas esperanzas. Pero nos dieron amor, calor, humor, ricas papas, nos dieron su corazón y os llevamos en el alma.

Gracias austeras abuelas, de los tiempos de postguerra, honramos vuestro camino y sanamos el destino para que, jamás mañana, ninguno de vuestros nietos vuelva a sufrir tantas desgracias.

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