DIMES y DIRETES

Ya se sabe que de cuna venimos muy chafarderos. Somos curiosos de nacimiento.

Nos preocupan las costumbres del vecino y esa práctica tan humana, que raya con lo morboso, que hace que fijes tu ojo en la cara de tu hermana.

Pero la verdad verdadera es que a nadie importa nadie. Todo es pura curiosidad. Ser chafardero es un arte.

Y si ese alguien alguna vez parece que fue importante, todavía importa más saber cómo vive o lo que hace.

Porque mientras tú te ocupas de pensar en el vecino, te olvidas ese ratito de mirar tu propio ombligo. De barrer esa basura que acumulas en tu alcoba. De limpiar la suciedad que alimentas en tu alfombra.

Y nos gusta conocer las miserias de los otros, no tanto por ayudar, más bien por sentirnos un poco menos miserables nosotros.

Alegrarse de lo bueno no resulta divertido, las plañideras del mundo tienen trabajo a destajo, llorando por las desgracias de los demás a diario.

Es tiempo de olvidar ese arte tan antiguo, esa falsa honestidad, ese murmullo, ese bicho que no nos hace vibrar alto más bien bien bajito…

Es hora de despertar amigo chismosito y empezar a resucitar nuestro lado más divino.

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