No venimos a atacar, venimos a recordar.
A recordar que debajo del cemento, aún late la piel antigua de la Pachamama.
Que aún respiran los árboles que nos dieron sombra cuando el mundo era joven,
que aún cantan los ríos canciones que nuestras abuelas sabían de memoria.
Somos sembradores de memoria,
guardianes de un latido que no se rinde.
No portamos armas ni odio: llevamos tambores, cantos, manos abiertas.
Porque lo que defendemos no es una ideología: es la vida misma.
Los pueblos originarios no son pasado.
Son raíz, son futuro, son brújula.
Son quienes aún saben hablar con el cielo,
quienes reconocen el lenguaje de los vientos
y el consejo de una planta que florece en silencio.
Hay que escucharlos.
No con prisa ni con juicio.
Con humildad. Con reverencia.
Porque en su palabra está el mapa hacia otro modo de vivir.
Preservar su existencia es preservar la nuestra.
Defender su tierra es defender el corazón del mundo.
Reconocer su sabiduría es abrir la puerta a un conocimiento que sana.
No pedimos privilegios.
Pedimos respeto.
Pedimos memoria.
Pedimos que no se arranquen más raíces,
que no se silencien más voces sabias.
Porque un mundo sin ellos, es un mundo sin alma.
Y aquí estamos, caminando con ellos.
Con amor.
Con firmeza.
Y con la certeza de que lo sagrado no se vende.
Se honra.