A fuego, metido dentro, incrustado en tus entrañas. Te han metido tanto miedo que ni eres tú cuando hablas.
Es un muñeco de trapo, una sombra, un garabato. El fantasma de ti mismo, una ficción, un abismo.
Habla por boca de otros, no sabe lo que se dice, el miedo ha tomado cuerpo y en ti ha echado raíces.
Y yo no puedo hacer nada, viajo en otro vagón, en el vagón donde el miedo no cabe en ningún rincón.
Ya le gané la partida, desmoroné su valor. El valor eres tú mismo, cuando eres puro amor.
El amor contrario al miedo, cuando tomas el control, cuando actúas y confías en tu más pura intuición.
Yo no puedo contagiarte, te inocularon terror y tendrás que despertarte de ese miedo aterrador que ya ha invadido tu cuerpo, tu mente y tu corazón.
No me gustaría morirme sin celebrar la ocasión de ver a todos los hombres libres de tanto dolor.
Despojados de ese miedo que no les deja vivir, esclavos de los que siempre quieren hacerte sufrir.
Soberanos, libres, vivos, seres con todo el valor. Sabedores de su fuerza, con el poder del mismo Dios.