Entre modelos y coches de lujo, catedrales y tiendas de marca. Entre olor a Channel número 5 y a meados de indigentes…
Entre turistas y música, ruido, idiomas, colores…
Casi en el centro del mundo, donde gastar y gastar es el cuento de nunca acabar.
No tiene mucha importancia si estás en Italia o Francia. Todo es ahora lo mismo, solo puro consumismo.
Es una plaza de armas con catedrales fantásticas, la podrida religión, rezuma en cada rincón.
Y los ricos son riquísimos, pero los pobres, pobrísimos. Aquí cada condición se reconoce por el olor.
Uñas postizas, pestañas, pechos, pechugas y barrigas operadas, se mezclan con la carencia, la pobreza, la indolencia.
Es el baile del progreso, no entiende de humanidad. Y no tiene parangón, el euro es su religión.
No hay ninguna diferencia entre las plazas de armas, unas son una excelencia de motocarros y ratas. Pero en las otras, las ratas no se ven tan fácilmente, se esconden en las rendijas de los bolsos imponentes.
No hay ninguna diferencia, solo cambia la opulencia.