Un día perdí la memoria y no era vieja, era una niña. Me olvidé de lo malo y desde entonces no recuerdo nada que pueda hacerme daño.
Me acomodo en lo bueno, en lo agradable y bello. Me niego a recordar lo que me hace daño.
Porque todo es más fácil cuando ya no recuerdas esas palabras necias, esos desplantes sucios. El sutil ninguneo, el desprecio constante, la aparente normalidad cargada de resentimiento.
Un día olvidé lo malo y puedo respirar con el viento y me río con los pájaros y lloro sin que tú me veas…pero luego no me acuerdo.
No me acuerdo de mis lágrimas ni de los malos momentos. Prefiero jugar a cartas o hablar con todos mis muertos.
Yo ya no tengo recuerdos.