Animales de costumbres nos vamos acostumbrando a comer con la costumbre de lo que nos va gustando.
Sin reparar ni en el cómo, ni en el porqué, ni en el cuándo. Comemos las porquerías que nos vamos encontrando.
Sin reparar si nos gustan o sólo es esa costumbre que aprendimos desde niños cuando el vinagre era dulce.
Aprendimos a comer lo que comen los mayores, a beber cuando es domingo, al café con tropezones.
Imitamos a papá que come lo que le ponen y a la abuela que aprovecha hasta el último reproche para no dejar ni un hueso de aceituna por la noches.
Y comemos lo que comía mamá cuando nos decía que la leche era mas rica con arroz y mantequilla.
Comemos por empatía, porque somos los copiones que tragamos por los ojos lo que el estómago propone.
Y entonces llega un buen día en que te haces mayor y revisas de repente cada pequeñito error.
Y estás cargado de kilos, de grasa y colesterol. Y te duele hasta el ombligo y te aprieta el cinturón.
Y reduces esos dulces, esos quesos y esos panes. Y te vuelves exigente con los amigos cruasanes…
Y tomas menos arroz, menos sal, más ensaladas. Un poco de coliflor, sin aceite ni patatas.
Eres el rey de la fruta, te emborrachas de aguacate, y tomas los huevos fritos sin ese pan con tomate que te chiflaba hace un rato, en el bar y en el restaurante.
Porque cuando te das cuenta de tu estómago de oro, lo mimas y lo acaricias, es tu máximo tesoro para vivir muchos años, para estar sano y esbelto, para tener mucha fuerza, salud y el mejor aspecto.
Viviremos muchos años , somos los nuevos abuelos, longevos y preparados para jugar con nuestros nietos.