Nos las inventamos todas. Nos trabajamos el ego. Ese ego que te acompaña desde la niñez. Que va cambiando de forma, de escenario, de estupidez…
Nos trabajamos el ego y nos sentimos maestros. Creemos que lo hemos superado y nos quedamos tan contentos.
Hablamos de desapego, de abandonar el control, de ser gentiles y buenos, de amar hasta el último amor.
Y pensamos que ese ego escurridizo y cabrón, ha cogido su maleta y ha cambiado de vagón…
Y de pronto te descubres haciendo las mil y una para que un niño pequeño se acuerde de tus locuras.
Y no lo haces por él, aunque a ti te lo parezca, lo haces para que el niño se acuerde de tus rarezas.
Y te inventas aventuras, juegos, canciones y cuentos…te inventas las mil y una, para ser todo un portento. La Labu chachipiruli, la más guay, la más mejor.
Te ruego que no me olvides, eres el último bastión de mi ego mal herido, de esa, mi niña interior que busca desconsolada lo hacerse nunca mayor.
Tú reparas mi niñez, tu arreglas mi corazón, tú, que aún sin darte cuenta eres mi mayor misión: tu alimentas mi esperanza, das luz, repartes pasión, me abrazas y cuando lo haces, es como si lo hiciera Dios.
Transmutando me hago vieja viendo crecer a mi otro yo.
Eso creen los abuelos y sus egos de cartón.