María Elena había muerto y vuelto a nacer. Ya conocía la experiencia de morir y no le daba miedo volver a pasar por ella. También sabía lo que era nacer en un cuerpo que, tarde o temprano tendría que abandona. Pero, aún y así, decidió que valía la pena repetir la experiencia y se dispuso a reencarnar en un cuerpo, la fría tarde de febrero allá por el siglo pasado.
Su madre estaba ansiosa por verle la cara (por aquel entonces no existían las ecografías 3D) y así llegó al mundo de nuevo, para seguir experimentando la maravillosa aventura de conocerse a sí misma.
Nunca nos acabamos de conocer del todo, pensó María Elena, la tarde que cumplió 90 años. Pero una cosa había aprendido: era la dueña de su vida. La responsable de su felicidad, la soberana de su salud y de su casa. La Labu amorosa de una gran familia 💕 que había aprendido a perdonar los agravios y a superar los problemas.
María Elena cumplía 90 años esa tarde, rodeada de sus nietos, de sus hijas y de su compañero de vida y esa reunión había valido todas las reencarnaciones.
Y María Elena entendió entonces para qué había vuelto a nacer.