«Que nadie padezca, que nadie sufra. Que lo pases siempre bien, que siempre estés bien cuidado.»
Maria Elena no soportaba el sufrimiento ajeno. Ni tampoco el propio. Pero el propio podía, más o menos, controlarlo. El ajeno se le escapaba de las manos y María Elena odiaba ver sufrir. Daba igual si se trataba de humanos, animales o plantas.
El dolor y María Elena eran incompatibles.
Y se esforzaba, a veces inútilmente, en tratar de hacerle la vida fácil a la gente. Pero, como es lógico, no siempre dependía de ella que los demás sufrieran o no.
Decían, los que creían conocerla, que María Elena, tenía una incontrolable necesidad de control. Pero ella que, a estas alturas de su vida, ya se conocía un poco, sabía que no se trataba solo de eso.
María Elena quería, necesitaba que todos fuesen felices, que nadie lo pasara mal, que las dificultades se superasen y que, como en las películas, hubiera siempre finales felices.
No sabía, la ingenua señora, que la vida no es una película romántica, sino una tragicomedia, un camino de aprendizaje que termina con la muerte y vuelve a empezar cuando volvemos a encarnar.
No recordaba, María Elena, que esta tercera dimensión se caracteriza por la constante oscilación entre caer y levantarse, entre errar y acertar, entre sufrir y gozar. Y que conseguir el equilibrio es uno de los objetivos de esta vida dual perfecta e imperfecta al mismo tiempo.
Era una misión imposible lo que pretendía María Elena y ella lo sabía, pero no se resignaba. No le gustaba nada observar y no actuar ante el sufrimiento, ya fuera físico o emocional. Ella tenía que intervenir y, muchas veces, su intervención no mejoraba las cosas y la perjudicaba a ella.
Pero daba igual, María Elena volvía, una y otra vez, a tropezar en la misma piedra y se metía en camisa de once varas aunque nadie se lo pidiese.
Así era ella: un huracán de utopía e idealismo. La auxiliadora que sale al rescate sin que nadie se lo pida. Un ego salvador que se siente feliz cuando cree que todo está en paz y equilibrio.
No se percata la ingenua María Elena que nada de eso depende de ella. Y que cada ser tiene su propio camino y una experiencia que vivir.
Ocúpate de ti, querida amiga. Vive y deja vivir.