En este mundo inclusivo que lo incluye casi todo, hay que ser muy intuitivo, muy sagaz, muy concienzudo.
Aceptar las diferencias, normalizar la rarezas. Hacer como que las cosas, aunque sean muy complejas, las tenemos adaptadas a las normas y a las reglas.
Los hombres menos varones, las mujeres menos hembras, los niños sin tener claro casi nada hasta que crezcan.
Complacientes, adaptados a los roles que convengan, según soplen esos vientos de las agendas perversas.
Y poner cara de póker para que tú nada sientas. Mientras que la realidad se asoma por las alcantarillas y las ciénagas.
Porque ya huele a podrido tanto inconsciente barato, porque ser tan comprensivo, no venía en ese trato.
Porque se inventan modismos para las cosas más necias, porque Ser es más sencillo, porque no es esa tu esencia.
Me retiro hacia mi mismo, me reconozco insolente, no comulgo con el buenismo de tomar por tonta a la gente.
No creo en los eufemismos. Me rechinan los complacientes que son como siempre han sido, personajes indecentes, que confunden las palabras para esclavizar a la gente.
María Elena se quejaba todo el día. No le gustaba la vida que llevaba, pero no sabía cómo hacer para cambiarla.
Muchos años con la misma rutina, la habían convertido en una autómata quejica que además se creía demasiado vieja para cambiar.
¡Pobrecita!¡qué equivocada estaba!
No tenía fuerzas, María Elena, para echarle un pulso a la vida y empezar de nuevo. En realidad, no se trataba de empezar de nuevo, sino solo de empezar, ya que nunca había hecho lo que quería; porque jamás supo qué quería, la pobre María Elena.
Se había acostumbrado a una vida anodina, llena de prisas y costumbres adquiridas. Con obligaciones impuestas por otros y rutinas aburridas que había hecho suyas sin darse ni cuenta.
María Elena quería cambiar: cambiar de casa, de marido, de peinado, de trabajo, de pensamiento…
Quería ser feliz y pensaba, ingenua ella, que si lo cambiaba todo, lo conseguiría.
Al mismo tiempo no sabía por dónde empezar. Y por eso le echaba la culpa de su incapacidad a cualquier cosa, persona o circunstancia, .
María Elena no sabía quién era. Nunca se lo preguntó. Tampoco sabía qué le gustaba realmente, por lo que fue construyendo su vida, según los gustos de los demás.
Al principio, de sus padres, quienes con la mejor de las intenciones la domesticaron para hacer de ella una mujer eficiente y obediente.
Después, sus maestros continuaron la tarea muy eficazmente; ella siempre fue muy aplicada y complaciente.
Cuando creyó enamorarse, porque así tenía que ser para llenar el inmenso vacío de su corazón, lo hizo de alguien igualmente vacío, por lo que fue imposible que, juntos, construyeran algo lleno de nada.
La vida, que siempre va por libre, quiso que fuera madre, y en esa ocasión, María Elena estuvo de diez: parió en escasos dos años, a dos bebés imponentes que superaban con creces sus expectativas.
Parecía, entonces, que María Elena era feliz…pero, como todos sabemos o deberíamos saber, ni los hijos, ni los padres, ni ningún perrito, gatito, trabajo, comida, vestido, viaje o sustancia que te inyectes, te fumes o te bebas, podrá hacerte feliz, si no lo eres tú, sin más, sin menos, sin embalajes…
Y así fue como María Elena empezó su camino de lo que ahora se llama ‘despertar’.
Entendió poco a poco, bache a bache, terapia a terapia, que la realidad es tan ambigua como la verdad y que cada quién tiene la suya.
Y empezó el camino de retorno hacia ella misma.
María Elena empezó a tomar consciencia de su inmenso poder, de su infinito potencial, de su inagotable y eterno amor.
Y comenzó a caminar en el aquí y ahora desde la fe y la confianza absoluta en ese camino que, día a día, construía desde su enorme corazón ❤️
Yo no me quiero morir, no quiero cerrar los ojos, ¡hay tantos rayos de sol!
Quiero sentir el calor de este otoño esplendoroso.
Yo no me quiero morir, no me da tiempo de todo.
Tengo que vivir mil años, con sus veranos calurosos.
No me moriré en invierno, hace demasiado frío y en primavera las flores son mis mejores amigos.
En otoño tengo hambre de castañas y de vinos y si se acerca la muerte, me disfrazaré de rio…y la muerte se hará a un lado porque haré mucho ruido.
Cuando lleguen los veranos, me iré con los pajaritos y me vestiré de océano y pasaré inadvertido.
Mala suerte, amiga muerte, lo vas a tener difícil. La vida es más seductora y me alegra las mañanas.
Por las tardes me enamora, por las noches se transforma y me lleva hacia otros mundos toditas las madrugadas.
Te deseo lo mejor, buena suerte, buena muerte, yo no te tengo temor, sé que un día vendrás a verme, pero mientras tanto deja que disfrute de mi suerte. Déjame tomar el sol en agosto y en diciembre.
La vida es larga o muy corta, según se mire y se viva.
Mientras la estás transitando parece que no termina, pero cuando se te acaba, la querrías infinita.
Y en la vida las etapas siempre empiezan y terminan, dicen que cada siete años cambian. Lo constato cada día.
Épocas, costumbres, caras, amigos y compañías, aparecen y se alejan cual perfecta melodía.
Y de pronto una mañana sin darte cuenta todavía, transitas por carreteras que nadie más ya transita.
Te quedas solo de pronto, los rostros se difuminan y la vida se abre paso con nuevas algarabías.
Te presenta nuevos retos, el escenario cambia su escenografía, vas a tener que adaptarte a las nuevas compañías.
Porque la vida, mi amigo, es distinta cada día.
Ya no comulgas con todos, no tocas la misma sinfonía, aparecen otros rostros, la vida cambia de vía y tú entiendes que estás solo hasta el final de tus días.
Porque la vida, mi hermano , no entiende de melancolías y te exige a cada rato, nuevos retos, nuevas vías.
Carreteras paralelas que nunca se encontrarán, aceptar esa premisa te permitirá avanzar.
Muñequita linda de rizos de oro, llegaste a este mundo con ganas de todo. Pero el mismo día de tu nacimiento, un sucio cuchillo empañó tus sueños.
Creciste deprisa y te hiciste fuerte y la resiliencia fue tu mayor suerte. Sufriste en silencio, desamor, tristeza, soledad, mentiras fueron tus cadenas.
Y esa muñequita se fue disfrazando y con muchas capas tapó sus encantos. Se volvió de acero, se ensució de barro, olvidó quién era y continuó andando.
Pero llegó un día en que la muñeca se cansó de ser una marioneta. Rompió su carcasa, desplegó las alas, recordó quién era sin temerle a nada.
Es muy doloroso romperte en pedazos, rehacer los trocitos, coser los harapos. Sacar esa roña, pulir las aristas, enjugar las lágrimas, amar las heridas.
Es duro el trabajo, pero es necesario, nadar hasta el fondo, salir del armario. Y encontrarte un día con aquella niña que se mordía las uñas de noche y de día.
Decirle bajito «muñequita linda, recuerda quién eres, besa tu carita. Abraza tu cuerpo, honra tu camino, y agradece la vida que tú has elegido».