Un invisible hilo rojo une nuestros corazones. No podemos deshacerlo, está tejido con amor desde hace eones.
Y es más fuerte que nuestra voluntad, más grande que nuestra mente. A fuego desde la conciencia maneja nuestras emociones.
Y es verdad que muchas veces se nos puede atragantar, se convierte en una espina muy difícil de tragar.
Transita por nuestra vida, se hace grande y quiere estar, necesita que lo veas, aunque no quieras mirar.
Nos ata de una manera difícil de desatar y hasta el día en que te mueras, el hilo se hará notar.
Porque es más fuerte que tú, porque se enredó en tu alma, porque proviene de ti, porque nació en tus entrañas.
Desde el día en que encarnaste hasta tu último suspiro, el hilo de seda rojo seguirá estando contigo, recordándote que siempre y para siempre somos UNO, hijo mío.
Transitar por esta vida es una gran aventura. No tiene nada de serio, es más bien una locura.
Pero desde bien pequeños nos enseñan que la vida es algo muy de mayores, de obligaciones, de prisas y de muchas prohibiciones y pocas risas.
Aprendemos los vocablos, los números, las maravillas que hacen que éste, nuestro mundo, sea una cosa magnífica.
Nos enseñan a leer, a escribir, a aprender cosas, olvidándonos de Ser quién somos, por designación divina.
Y así, sin reconocernos, transitamos por la vida, celebrando cumpleaños, acumulando experiencias.
Respiramos y comemos, estudiamos, trabajamos, algunos se reproducen, morimos, nos enfermamos.
Y van pasando los días, las horas, todos los años, sin saber a qué vivimos, sin recordar qué buscamos.
¿La felicidad? ¿La suerte? ¿El amor? ¿Ese trabajo qué te hará ser más feliz? ¿Las vacaciones? ¿El descanso? …de una vida sin sentido llena de miedo y engaño.
Volver al Ser, a la Fuente, poder ir contracorriente, sintiéndonos poderosos, disfrutando del presente.
Espíritus amorosos, recordando que vinimos por nuestro libre albedrío a sanar y a ser Amor y a derrochar mucho humor.
Risas, sueños, ilusiones, juegos, bailes y canciones. Y da igual si hoy es verano o invierno, si es de día o es de noche. Cierra los ojos, respira, sé la Luz del mediodía que alumbra cada rincón de esta santa encarnación.
Vuelve al Ser, querido humano y hazte Uno con tu hermano.
A veces nos olvidamos, inmersos en el día a día, entre comidas, trabajos, familia, idas y venidas…
A veces nos olvidamos de que somos maravilla. Que elegimos encarnar y experimentar la vida.
Y a veces, o casi siempre, nos perdemos en la fantasía de creer que lo que vemos es verdad, cuando es mentira.
Y es que a veces, nos enoja lo que diga la vecina, lo que te haga ese amigo, lo que tu mente imagina. Y te crees el personaje y con él te identificas. Y te la pasas pensando, como si eso fuera la vida.
A veces nos olvidamos de que somos esa chispita de luz que quiso ser hombre y amar hasta sus cenizas.
De mil maneras, de cien mil formas, del derecho y del revés, de arriba a abajo. Sin querer y queriendo, sin darnos cuenta. A propósito, de reojo. Sin darle vueltas.
Por la mañana y la noche, a todas horas. Disimulando o a posta, de cualquier forma. A los gritos, a los llantos, en voz bajita. Volviéndonos invisibles, muertos de risa.
Todos buscamos cariño , aún sin saberlo. Sin decirlo, sin notarlo. Sin pretenderlo. El cariño que de niños no recibimos, el cariño que de adultos mal lo pedimos.
Y puedes no darte cuenta o ser consciente. Puedes volver a empezar y hacerlo presente. Intentar disimularlo y disfrazarte de adulto seguro y recto, de maestro importante.
Da igual porque de repente, sin pretenderlo, aparece ese bebé demandante y tierno, que patalea en silencio, tiene rabietas bajo una barba gigante y arrugas viejas.
Del derecho, del revés, cual marionetas, vamos pidiendo cariño, haciendo muecas.