Lealtades familiares, comportamientos heredados, hábitos que copiamos y actitudes que aprendemos.
Conforman un conglomerado interesante y muchas veces difícil de identificar en uno mismo.
A veces lo que más odias de tu madre, tu padre o tu tía, está tan incrustado en tus venas que ni te percatas de que también forma parte de ti.
No obstante, es un ejercicio interesante y necesario dar dos pasos hacia atrás, cuando ese comportamiento excéntrico y absurdo te saca de quicio si lo observas en el otro.
Generalmente se trata de un profundo aprendizaje. ‘Yo no soy así ‘ te dices a ti misma. Y seguro que no lo eres tanto, pero vete con ojo, porque llevas el germen en tu ADN.
En mi humilde opinión, se trata de un regalo que te hace el universo para que identifiques en lo que puedes llegar a convertirte. El esperpento se muestra tal cual. Sin red. Sin censura. El comportamiento egoísta, narcisista, carente de empatía. La queja constante. La cháchara incesante. El palabrerío absurdo. Todo lo que odias en el otro se te muestra crudamente, exageradamente, incluso cruelmente, para que te des cuenta, para que rectifiques, para que tengas compasión, para que aprendas.
Cuando era pequeña y me ponía a llorar, me escondía detrás de un sofá y la rabieta me dejaba sin respiración. Los adultos entonces se asustaban un montón y me empezaban a buscar por toda la casa. ‘Lo hace para llamar la atención‘, les dijo a mis padres el médico experto en la cuestión.
Ante tal inusual y provocador comportamiento, mis atemorizados papás y el resto de la familia, se esmeraron en consentirme cualquier cosa para que no me echara a llorar y sobre todo me cuidaban como si fuera de cristal para que no me hiciera un rasguño, ni tuviera un caída, que provocara mi llanto incómodo y descontrolado.
Aprendí rápido a no llorar así, el día que el experto de turno les mostró a mis papás cómo hacer para que se me pasara el berrinche: ‘un buen cachete y listo‘ o ‘una ducha fría boca abajo, cogida por los pies‘
Eran tiempos de cachetes y listo. ¿Torturas y listo, no?
Los niños aprendíamos rápido a obedecer sin rechistar y sobre todo a estar asustados por todo.
El miedo se instaló en mi mente de niña y me ha acompañado durante toda mi vida: miedo físico, psíquico, miedo a todo.
Trabajar el miedo me ocupa toda la vida. Creo que ese cachete fue tan absurdo e innecesario como el resto de ‘aprendizajes’ que recibí durante toda mi infancia.
Siento rabia, impotencia, injusticia y una sutil compasión por esos adultos que obviamente estaban mucho más asustados que yo y no tenían herramientas para tratar con una niña inocente y sabia.
Todos los niños son inocentes y sabios. Y a casi todos ellos nos han violado la inocencia y la sabiduría.
Trabajar la compasión y el perdón hacia ti mismo y hacia tus padres es el camino del héroe.
Yo no recuerdo mi infancia. Se perdió en mi subconsciente.
Escribo porque me gusta y me causa buen humor. Me proporciona alegría, me hace sentir mejor.
Y no importa si me lees, si lo haces, mucho mejor. Yo no sé si escribo bien, pero tengo vocación.
Si te gusta lo que escribo me causa satisfacción, pero si a ti no te gusta, no me causa gran dolor.
Yo escribo para mi alma, porque lo necesita mi corazón. Porque a mí escribir me sana, me satisface un montón.
Escribo porque las musas me chivan lo que es mejor, para seguir escribiendo mientras pueda mi razón.
Mientras mis ojos lo vean, y lo apruebe mi intuición. Mientras Dios que está conmigo me de su bendición y me susurré al oído: ‘no abandones, por favor’.
Escribe Pankara entonces, escribe a tu corazón, él siempre estará contigo y así cada día escribirás mejor.